¿QUÉ ES EL ORDEN DE LA SALVACIÓN?

ORDO SALUTIS

El Ordo Salutis es el entendimiento reformado de cómo Dios aplica la redención en su pueblo.

Cuando se dice que una persona particular fue o es “salva”, el término es frecuentemente usado sin la profundidad de la Escritura o si la apreciación de la gracia de Dios.

La Biblia es muy clara de que los creyentes son salvos por gracia, y estas doctrinas especificas los modos en los cuales esta gracia es manifiesta en y a través del creyente.

La Escritura define varios aspectos diferentes o pasos en la salvación de la persona, desde el primer oír del evangelio hasta el camino para la eternidad en el cielo.

Cada uno de esos aspectos coincide, visto que todos ellos son parte de la salvación de la persona, mas ellos también mantienen sus características distintivas en las Escrituras en el plano redentor. Dios aplica esta redención en el tiempo que Él escogió en la eternidad.

El llamado del Evangelio:

El Padre determinó que el camino normativo de la salvación debería ser a través de Su Palabra. La Biblia coloca un énfasis muy grande sobre la lectura y predicación de Su Palabra, así como la transmisión de ese evangelio a todas las personas.

Este llamado general del Evangelio, contiene la supremacía de Dios, su ira contra el pecado, y la promesa de salvación a través de su Hijo, exhorta a el hombre caído a arrepentirse en sus pecados y creer en la redención de Cristo Jesús.

(vea Isaías 55.7, Mateo 28.19-20, Romanos 10.14,17, 2 Timoteo 1.9-10, 3.15; CFW 10)

Regeneración:

El llamado general del Evangelio es hecho eficaz cuando el Espíritu Santo hace que la Palabra de Dios sea entendida, apreciada y creída en el corazón del individuo.

Por causa de la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, él está en enemistad contra Dios y rehúsa reconocer la veracidad del Evangelio.

Dios envía a su Espíritu a sus elegidos para cambiar esa rebelión espiritual, regenerando, renovando y transformando la condición interna de una depravada hacia una de amor por el Señor.

En realidad, estos corazones y naturalezas fueron nacidos de nuevo, y sus ojos y oídos fueron abiertos para ver las gloriosas verdades de la salvación de Dios.

(vea Ezequiel 36.26-27, Mateo 16.17, 1 Corintios 2.12-14, 2 Corintios 3.3,6, 2 Tesalonicenses .2.13-14, Tito 3.5; CFW 3.6, 10)

Conversión:

El corazón regenerado que oye el evangelio es confrontado con la culpa de su condición pecaminosa y la certeza de un juicio justo contra él.

Desesperándose por causa de su estado, él ve su única esperanza de escape a través de Cristo y confía en la promesa de salvación y también se arrepiente de sus pecados. Por la fe él se reconoce como un pecador necesitado de gracia, e implora a Dios por su poder y amor para salvarlo a través de la sangre y la justicia de Cristo.

A través del arrepentimiento él odia su pecaminosidad y se vuelve a Dios como la única fuente de justicia y bondad, esforzándose para vivir en obediencia a Él. Aquellos que se arrepienten y creen son convertidos de seguidores de Satanás a seguidores de Dios.

(vea Isaías 55.11, Oseas 14.2,4, Hechos 17.30-31, 20.21, Romanos 1.17, Efesios. 1.17-18, 2.8: CFW 14, 15)

Justificación:

La promesa del Evangelio es que aquellos que confían en el Señor serán salvos. El perdón de los pecados del pueblo del Dios, y la justicia que permite al pecador estar en la presencia de un Dios Santo, viene de la perfecta obediencia y del sacrificio expiatorio de Cristo. Como un sustituto para el elegido, dos cosas acontecen:

1. Cristo obtiene su salvación y su estar delante de Dios, por cumplir la ley de Dios y el pacto en lugar de él, y

2. El carga el castigo por sus pecados. Como Cristo cumplió esta tarea, Dios promete que aquellos que confían en Él tendrán la justicia de Cristo imputada(o dada) a ellos, así como sus pecados serán imputados a Cristo.

Así, como un santo juez, Dios legalmente declara que su pueblo es “justo” o “sin culpa”. El pecador es justificado delante del Señor cuando, en fe, Él descansa no sobre su propia bondad y/o buenas obras (las cuales él no tiene ninguna), más sobre la magnifica obra del Hijo de Dios.

(vea Jeremías 23.6, Romanos 3.24-26, 4.5-8, 5.17-19, Gálatas 2.16; CFW 11)

Adopción:

La gracia de Dios convierte a los pecadores de siervos de Satanás en siervos de Cristo, más aún, Dios promete más que eso.

El manifiesta su amor paternal para con los pecadores perdidos adoptándolos como sus propios hijos.

A través de la adopción, Él les da todos los derechos, privilegios y protección, como perteneciendo a su familia y teniendo su nombre. Ellos se vuelven hijos e hijos adoptivos del Padre, y hermanos, hermanas, y coherederos con Cristo.

( vea Salmos 103.13, Juan 1.12, Romanos 8.15-17, Gálatas 4.5-7, Efesios 1.5; CFW 12)

Santificación:

El próximo paso en este proceso de salvación es la obra purificadora del Espíritu Santo en el andar diario del creyente.

Los elegidos, no solamente, son presentados como inocentes a través de la imputación de la justicia de Cristo, si no que ellos también se desarrollan espiritualmente en la justicia por la palabra y por el Espíritu.

Como el Espíritu habita en el creyente, Él opera en ellos el crecer en la gracia y en el conocimiento, y produce en ellos frutos y buenas obras espirituales. Los creyentes son especialmente santificados cuando son envueltos en una iglesia donde la Biblia es enseñada y los sacramentos son ministrados.

Sin embargo nadie se puede tornar perfecto en esta vida, y aunque esta santificación puede ser una obra muy larga y demorosa, los elegidos son fortalecidos eficazmente para que ellos perseveren en la santidad. (vea 2 Corintios 7.1, Efesios 2.10, 5.26, 2 Tesalonicenses 2.13, Hebreos 13.20-21; CFW 13, 16)

Glorificación:

Cuando un creyente muere, su alma va a la presencia de Dios mientras él espera por la resurrección y redención de su cuerpo físico, allí es confortado y contempla la gloria de Dios.

La realización final de la salvación acontecerá cuando Cristo vuelva, reúna a su pueblo, y lo glorifique junto a Él.

Cuando la nueva Jerusalén sea establecida, que es comúnmente una referencia al cielo, la Biblia promete que la maldición del pecado no existirá más, y que los elegidos habitarán en el cielo con el Señor en perfecta paz, amor y alegría.

(vea Eclesiastés 12.7, Juan 5.28-29, Hechos 24.15, Romanos 8.30, 1 Corintios 15, 2 Corintios 5.1,6,8, Filipenses 1.23; CFW 32, 33)

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