¿CÓMO EDUCAR A TUS HIJOS CON LA BIBLIA?

como educar a tus hijos

Texto clave: “Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él.” Prov. 22:6

Objetivo: Demostrar bíblicamente que la educación de los hijos es, primeramente, responsabilidad de los padres, y no exclusivamente del Gobierno.

INTRODUCCIÓN:

Hoy en día hay más gente educada que en todos los siglos anteriores, especialmente en las naciones del mundo occidental.

Hay ciertamente analfabetos todavía. Hay regiones apartadas donde los maestros no han llegado, y donde la gente puede escuchar la radio, pero no puede escribir ni leer.

Hay gente altruista que dedica tiempo y su vida a la eliminación del analfabetismo, y todo el mundo debe dar a estos heraldos el más cordial saludo.

Hay mucha gente educada, es decir, gente que sabe leer y escribir, que conoce algo de geografía, un poco de historia y un mínimo de gramática de su lengua gloriosa. Es gente que ha ido a la escuela.

Simultáneamente con este avance en la educación popular, es sumamente curioso admitir que ha habido un aumento considerable en la miseria humana, en el crimen, en la pobreza, en el desempleo y en las drogas.

¿Hay alguna relación entre estas realidades modernas? ¿Es cierto, quizá, que una mayor  educación conduce al aumento de malos deseos, y éste lleva luego a la acción criminal? ¿Eran mejores aquellos tiempos cuando casi nadie sabía leer, pero todos sabían trabajar, ser honestos y amar a sus parientes?

Seguramente nadie desearía vivir en esas épocas oscuras en que solo algún sacerdote que otro sabía leer y escribir.

La educación sin Dios: una formación deformada. 

Es muy probable, sin embargo, que en todo esto de la educación se ha dejado de lado el elemento de mayor importancia, y se ha permitido, por otra parte, la introducción de conceptos que quitan al hombre su humanidad.

Hay mucha educación, pero ¿Hay también felicidad?

Hay mucha instrucción a todos los niveles, pero, ¿Es la gente mejor que antes? Muchísimos saben leer, pero ¿Qué leen? Hay quienes saben de números y cuentas, pero se están enriqueciendo a sí mismos sin buscar el beneficio del prójimo.

Es  curioso que en una era de educación casi universal haya tanto temor y tantas dudas, tanta agonía de espíritu y tantos robos a mano armada.

Una causa de esta situación es que no se ha prestado mucha atención a la educación como Dios la quiere. Es una tragedia moderna el que se eduque tanto, y que todo se haga sin referencia alguna a lo que Dios tiene que decir.

Esto es por demás lamentable, pues usted sabe que en estas cosas, como en muchas otras, se puede apreciar nuevamente el carácter especialísmo del hombre.

No es un animal avanzado o refinado, ni siquiera educado, sino hechura de la mano divina a semejanza del Creador, ¿Cómo puede dejarse de lado a quien formó al hombre y le dio sus características, su humanidad? Creado a la imagen de Dios, el hombre tiene personalidad y responsabilidad.

No es un animal que necesita aprender los secretos que le darán comida y protección. La personalidad humana es una de las maravillas más estupendas de toda la creación, y precisamente por ser personal, le requiere una educación cuidadosa, una formación acorde con su potencial.  Esa personalidad necesita ser educada en todos los aspectos de la vida.

No es cuestión solamente de hechos históricos, de problemas matemáticos y de nombres geográficos, sino de toda la personalidad, del intelecto ciertamente, y también de las emociones y de las emociones y de la voluntad. Tener una educación no garantiza una buena conducta.

Hay gente de estudios universitarios en los callejones de las grandes ciudades y graduados de escuelas técnicas en las cárceles. Pero también es cierto que muchas veces la educación no toma en cuenta la totalidad de la personalidad.

Se enseña cómo sumar pero no como amar; se sabe dividir pero no ser justo; se sabe de historia pero nada de quien es soberano de la historia. Lo que se necesita con urgencia es una educación como la que Dios quiere.

La educación que Dios quiere: un asunto de familia. 

Según indicaciones en la Palabra de Dios, la educación es primordialmente un asunto de familia. Usted puede ver a través de las páginas de las Escrituras la gran responsabilidad que se da a los padres en esto de educar a los hijos y prepararlos para la vida.

Luego de haber dado al hombre instrucciones sobre la esencia de la vida, esta es la orden que Dios mismo le dio:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” (Deuteronomio 6:6-9).

Estas son palabras dirigidas a los padres, y muestran lo que deben hacer con sus hijos y con sus conocimientos. Es responsabilidad familiar.

Piense usted en los primeros años de la educación de un niño. Tal vez se imagina que ese niño empieza a educarse a los seis años cuando va al primer grado de primaria. Pero su educación está ya muy avanzada para entonces. El hogar es la primera escuela, y quizá la mayor influencia para bien o para mal. Hay muchos padres que culpan a la escuela o al maestro por la mala conducta de sus hijos, pero es casi seguro que si un hijo es desobediente, ladrón, y poco prolijo, lo es porque su educación inicial ha sido un fracaso.

No hay mayor influencia que la del hogar en los primeros cincos años de vida. 

Muy especialmente debe destacarse el papel crucial que juega una madre en esa educación hogareña. De ella (la madre) aprenderá el niño no sólo sus pasos iniciales, sino también sus primeros pensamientos, su despertar a la realidad humana, su capacidad de ver más allá de sus ojos, su reconocimiento de Dios y de Jesucristo como su única esperanza. ¡Cuántos hay que aprendieron lo más importante de todo en el regazo maternal! 

Algunos lo saben y lo admiten, y dan gracias, pero hay muchos que ni lo admiten ni lo agradecen, sino que se rebelan contra tal cosa. No sólo se privan de nobles sentimientos, sino que también echarán a perder la vida de muchos otros a su derredor.

El hogar es una escuela donde, mucho antes de aprender a leer, se aprenden otras mil cosas quizá de mayor importancia que toda la matemática. Pero la educación que Dios quiere es mucho más que la influencia materna en el hogar. La responsabilidad familiar continúa durante la niñez y la adolescencia, y hasta durante la juventud de los hijos. 

La educación es responsabilidad familiar aún en el sentido técnico de la palabra. ¿Por qué cree usted que puso Dios a los hijos bajo la responsabilidad de los padres? ¿Para luego confiarlos a alguna otra institución o persona para que los eduque?

Usted sabe que la influencia sobre la mente y las actitudes de un niño es incomparable. Es casi tan grande como la influencia maternal en el hogar.

Ahora bien, aunque la madre ha enseñado a su hijo que Dios creó el cielo y la tierra, que Adán y Eva fueron los primeros hombres, y que la humanidad entera ha pecado, ahora va el niño a la escuela donde le enseñan que el hombre es resultado de millones y millones de siglos de evolución, que sus antepasados son los monos; que en vez de pecar, el hombre es cada día mejor, y que la educación lo salvará.

¿No es eso un conflicto que ha de producir enormes heridas y cicatrices en el corazón tierno de un niño a quien sus padres aman con ternura?

Es precisamente por este principio bíblico que la responsabilidad familiar que son muchos los círculos cristianos que crean, administran y sostienen escuelas cristianas. Tales escuelas son gobernadas por los padres de alumnos, y lo que se enseña está determinado por los padres, y no por expertos de esta materia o la otra.

El fin primordial de la educación: servir a Dios.

Pero Hay también una dimensión espiritual en la educación como Dios la quiere. Todo el amor de madre y la mejor educación posible son como la nada si tal educación no lleva al niño a servir la causa de Dios.

La biblia muestra a Dios como alguien que respeta profundamente la institución de la familia.

Desde tiempo inmemorial Dios ha prometido a los padres que yo sus hijos son parte de Su pueblo escogido y especial.  “Y estableceré mi pacto entre mí y ti… para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Génesis 17:7), le dijo a Abraham, y por medio de Pedro afirma, “para vosotros es la promesa, y para Vuestros hijos” (Hechos 2:39).

Es, pues, primeramente, responsabilidad de toda la familia cristiana crear el ambiente donde esa semilla que Dios ha sembrado Nazca, germine, y dé origen a otra planta en el gran jardín de Dios. Para ello, en el hogar se debe enseñar a orar, a leer la biblia, a ir a la iglesia y a la escuela dominical; deben fomentarse las conversaciones espirituales y personales. ¡Eso es educación como Dios la quiere!

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Autor: Juan Boonstra

 

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