¿POR QUÉ SOMOS UNA FAMILIA EN CRISTO?

familia en Cristo

¿En qué pensamos cuando pensamos en la iglesia local?

Usualmente, lo primero que viene a nuestras mentes al pensar sobre algo es sumamente importante, define, a grandes rasgos, lo que significa para nosotros.

Si me hubieran preguntado hace años que pensaba yo sobre la iglesia local, mi respuesta hubiera sido muy diferente, y creo que no hubiera respondido lo que hoy diría.

Pensaba en la iglesia como un montón de creyentes que buscaban experimentar a Dios individualmente. Siendo guiados hacia eso por “líderes ungidos” que ya habían alcanzado esa cima espiritual. ¿Te suena familiar? No lo sé, pero así miraba yo la iglesia, yo buscaba ser uno de esos “ungidos” y que la gente venga hacia mí a buscar “poder de Dios” para que fueran sanadas de enfermedades o “nuevas revelaciones” sobre cómo ser prosperadas económicamente. Pero gracias a Dios me abrió los ojos a su Palabra con el pasar de los años y mi entendimiento de la iglesia local ha cambiado radicalmente.

Hoy, mi respuesta es esta: “somos una familia”.

¿Qué cosas caracterizan a una familia?
El amor, la dependencia, el perdón, la entrega, la aceptación, el aprendizaje, la aprobación, la disciplina… sufrimos juntos, lloramos juntos, nos alegramos juntos.

Una familia no deja de ser una familia, una familia no puede ser disuelta, los padres siempre serán padres, sus hijos siempre serán sus hijos, los hermanos siempre serán hermanos, los lazos de sangre son tan fuertes que jamás podrán ser disueltos.

¿Acaso esto no es lo mismo que sucede en una iglesia local? ¿No nos cubre acaso la misma sangre de Cristo?

Mis padres se separaron el mismo año que yo conocí al Señor, mejor dicho, que el Señor me alcanzó en su gracia. Mi concepto de familia estaba distorsionado o desfigurado por el pecado. Como dice Romanos 12, tuve que renovar mi entendimiento con la Palabra para poder entender cuál es la voluntad de Dios con respecto a la familia. Ahora bien, ¿cómo es esto de que la iglesia local es una familia también?

Miembros de un solo cuerpo
Cuando Pablo escribe la carta a los gálatas, nosotros podemos ver en el capítulo 6, que el apóstol utiliza el término “familia” para referirse a los creyentes de la iglesia local.

Él dice: “Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe” (Gál. 6:10).

La unidad con la que la Palabra de Dios identifica a los creyentes es muy evidente en las figuras que se utilizan para respresentar a la iglesia, pensemos por ejemplo en el término “el cuerpo de Cristo”. Veamos en 1 Corintios 12:12-13:

“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo. Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu”

¿Quién obró en los creyentes esta unidad tan profunda? Dios, el Espíritu Santo. Él nos bautizó en un solo cuerpo, nos hizo a todos parte del cuerpo de Cristo en una inseparable unidad e interdependencia.

La dependencia es otra de las características de una familia, y es una de las características de la familia de la fe que es la iglesia local:

“Y el ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito. Por el contrario, la verdad es que los miembros del cuerpo que parecen ser los más débiles, son los más necesarios; y las partes del cuerpo que estimamos menos honrosas, a éstas las vestimos con más honra; de manera que las partes que consideramos más íntimas, reciben un trato más honroso, ya que nuestras partes presentables no lo necesitan. Mas así formó Dios el cuerpo, dando mayor honra a la parte que carecía de ella, a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros”

Nos necesitamos los unos a los otros y es una maravillosa y humillante verdad. Yo no puedo vivir mi vida cristiana sin mi hermano, y él no la puede vivir sin mi, fuimos creados para funcionar juntos, fuimos unidos por el mismo Espíritu al mismo cuerpo, debemos cuidarnos y servirnos mutuamente. Cuidarnos los unos a los otros en la iglesia local es la voluntad de Dios.

Somos un cuerpo y nos identificamos entre nosotros: “Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él”. El dolor de mi hermano no es ajeno a mi, ni mi dolor es ajeno a mi hermano. ¿Dónde estamos cuando un miembro sufre? Santiago 2:15-16 dice:

“Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?”

El amor de la familia de la fe debe ser aún mayor que el de una familia biológica, si un padre no le negaría a su hijo alimento o ropa, ¿tenemos excusa para negarle ayuda a un hermano?

El perfume de Cristo
El aroma que une a todo esto es el amor. ¿Recuerdan cuales son los dos mas grandes mandamientos? En una ocasión reunidos los fariseos, uno de ellos le pregunta a Cristo cuál es el gran mandamiento de la ley, a lo que Jesús responde:

“Y El le dijo: AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE. Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: AMARAS A TU PROJIMO COMO A TI MISMO. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”

Ama a Dios y ama a tu prójimo. Si amas a Dios entonces estás amando a tu prójimo, si no amas a tu prójimo… ¿cómo puedes estar amando a Dios? Podría citar muchos pasajes de las cartas del apóstol Juan sobre la relación entre el amor a Dios y el amor a nuestros hermanos como interconectados, interrelacionados y dependientes uno del otro. No existe uno sin el otro.

¿De qué manera se manifiesta nuestro amor por nuestra familia de la fe? ¿somos de los que en palabras se identifican con la necesidad pero de hecho no hacen nada? El apóstol Juan nos exhorta grandemente:

“Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:17-18)

¡ZAZ! Muchos despertamos con una exhortación tan cruda y directa, pero llena de amor real. ¿De qué manera amas a tus hermanos en tu familia de la fe? ¡Es un gran desafío amar!

En la cultura donde vivimos esto es tremendamente contracultural, cuando lo que se busca normalmente es mi satisfacción individual e inmediata, pensar en amar a otros como el centro de nuestra vida es una locura.

Bien, pues los dos mayores amores que tenemos que tener no tienen que ver con amarnos a nosotros mismos.

¿Cuál es la mayor medida de amor que vemos en la Escritura? Sí, el sacrificio de Cristo muriendo en la cruz por nuestros pecados. Cristo dio su vida por amor. No tan solo murió sino que vivió toda su vida en un amor perfecto por Dios y por su prójimo. Y murió como un vil pecador en nuestro lugar.

Ahí vemos una gran muestra de amor por nosotros, y déjame decirte algo, esa es la medida de amor que Dios espera que tengamos por los hermanos de nuestra iglesia local, nuestra familia de la fe. Mira conmigo este pasaje por un momento:

“En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Jn. 3:16)

Esto me deja en silencio, no puedo decir nada, no puedo objetar nada, ni excusarme… me lleva al arrepentimiento, porque la realidad es: ¡no siempre amamos con tal amor! Y a veces menos en nuestra iglesia local.

Nuestra verdadera familia
¿Qué vemos al ver nuestra familia de la fe? ¿Vemos madres, padres, hermanos y hermanas allí? Pues hasta Cristo mismo se identificó con esa definición. En una ocasión cuando su madre y sus hermanos lo buscaban Él dijo con total seguridad y convicción:

“Respondiéndoles El, dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en círculo, a su alrededor, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana y madre” (Mc. 3:33-35)

¿Quién? Cualquiera… que hace la voluntad de Dios. ¡Que declaración! Mira a los asientos que se llenan cada domingo, observa a aquellos ancianos que estan llegando, mira a los niños que juegan y hacen ruido, a las madres con sus bebés, a los hombres que conversan tomando un café… he aquí tu madre, tu padre, tus hermanos y hermanas. Los que hacen la voluntad de Dios, nuestro Padre. ¡Que familia Dios nos ha dado! ¡Amémosla!

Una familia eterna por gracia
No quiero extenderme más, me apasiona, me quebranta, me humilla, ver cómo Dios nos ha bendecido al hacernos una familia de fe, una familia que se ama (Jn. 13:34; Ro. 12:10), que se enseña (Col. 3:16), que se soportan en amor (Col. 3:13; Ef. 4:2), que se perdonan como Dios los perdonó (Col. 3:13; Mt. 18:21-22), que se edifican mutuamente y se animan (1 Tes. 5:11; Ef. 4:29), que se exhortan unos a otros (Heb. 3:13), que se estimulan al amor y las buenas obras (Heb. 10:24), y podríamos seguir añadiendo más características de esta familia de fe. Y quisiera agregar algo más: que pecan.

Porque tan cierto como es todo lo anterior, es tan cierto que aun mora el pecado en esta familia de fe, pero para eso hay perdón, hay gracia, hay disciplina, hay misericordia. Pero tenemos la buena noticia de que un día ya no habrá pecado en esta familia de fe, y eternamente estarán juntos adorando y sirviendo al Dios que los trasladó de las tinieblas a su luz admirable, al reino de su amado Hijo, y que los constituyó herederos, hijos adoptivos, y parte de su familia.

¡Qué maravillosa familia Dios proveyó en la sangre de Cristo!

Autor: Enrique Oriolo.

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