¿POR QUÉ LA BIBLIA ES LA PALABRA DE DIOS?

por qué la biblia es inspirada por Dios

A lo largo de “Entendiendo la Palabra de Dios” hemos trabajado con la presuposición de que la Biblia es la inspirada Palabra de Dios.

Por otra parte, con el término «Biblia» nos referimos a los sesenta y seis libros del canon protestante.

En este apéndice queremos exponer la base de tal presuposición.

Normalmente, éste no es un tema que se incluya en los libros de texto de hermenéutica bíblica (el arte de estudiar e interpretar la Biblia).

No obstante, en los últimos años ha habido tal proliferación de literatura popular que cuestiona la idea tradicional de la naturaleza de la Biblia que hemos creído importante tratar esta cuestión, aunque sea brevemente, en este libro.

Inspiración

La principal razón por la que estudiamos la Biblia es el deseo de escuchar la Palabra de Dios para nosotros. La Biblia fue escrita por numerosos autores humanos, sin embargo su aspecto divino está inseparable y misteriosamente entretejido en cada versículo.

El término que utilizamos para describir esta relación entre el papel divino y el humano es «inspiración».

La inspiración puede definirse como el proceso por el que Dios dirigió a ciertas personas, incorporando sus capacidades y estilos, a fin de revelar su mensaje a la Humanidad.

Pablo explica el concepto de inspiración en 2 Timoteo 3:16–17:

Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra (LBLA).

Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra (NVI).

La palabra griega clave que Pablo utiliza en el versículo 16 es theopneustos. Como vemos, los traductores de las principales versiones en español han traducido esta palabra como «inspirada», (LBLA, NVI).

El término theopneustos significa literalmente «exhalada por Dios», que es la traducción que ha escogido la NIV (New International Version).

Este versículo nos dice mucho acerca del modo en que se elaboraron las Escrituras. El origen de la acción es Dios, y el método se describe con la expresión, «exhalada por Dios».

El ámbito de la inspiración se extiende a toda la Escritura. Cuando Pablo habla de «toda la Escritura» tiene sin duda en mente todos los libros canónicos del Antiguo Testamento, y su concepto se extiende también a todos los versículos de esos libros.

Además, en el tiempo en que Pablo escribió 2 Timoteo, probablemente la Iglesia había ya comenzado a aplicar la palabra «Escritura» también a aquellos escritos del Nuevo Testamento que se habían terminado y circulaban por las iglesias.

Obsérvese también que son las Escrituras las que se califican de inspiradas, no los autores. Esta es una distinción importante. En ocasiones, el término inspiración se utiliza para referirse a algo que le sucedió al autor de un texto.

En este versículo Pablo declara que, lo que ha sido inspirado por Dios y tiene, por tanto, un valor infinito para quienes deseamos seguir a Cristo, es el producto escrito final.

Otro versículo fundamental es 2 Pedro 1:20–21:

Ante todo, tened muy presente que ninguna profecía de la Escritura surge de la interpretación particular de nadie. Porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo.

Este versículo subraya también el origen divino de las Escrituras. ¿De qué manera participaron en el proceso los autores humanos? Fueron «impulsados» por el Espíritu Santo.

La palabra griega que se utiliza aquí denota a menudo el impulso que un velero recibe por parte del viento.

Por tanto, en el texto bíblico se describe la inspiración como un proceso en el que los autores humanos son «impulsados» por el Espíritu Santo para producir un documento «exhalado por Dios». De modo que, en dicho proceso participan unos autores humanos, el Espíritu Santo, y el producto final (la Biblia) es inspirado por Dios.

Las implicaciones de una Biblia inspirada son inmensas. Probablemente, tú mismo no estarías leyendo este libro si no creyeras en la inspiración de la Biblia y, ciertamente, nosotros no nos habríamos tomado la molestia de escribirlo.

Lo que hace de la inspiración algo tan especial es que le da al texto bíblico la misma autoridad sobre nuestra vida que tendrían las palabras habladas directamente por Dios.

Nuestra meta en la vida debería ser entenderle correctamente, buscando en el texto bíblico el significado que Él ha dado a sus palabras (no el que nosotros nos imaginamos o el que nos gustaría que tuviesen).

¿El huevo o la gallina?

Algunos han planteado la pregunta, ¿qué viene primero, la fe en Cristo o la creencia en la inspiración de la Biblia? ¿Creen los cristianos en Jesús por su convicción de que la Biblia es inspirada, o acaso confían que la Biblia es inspirada porque creen en Jesús?

En nuestro caso, tanto Scott como yo, creímos en Jesucristo cuando éramos todavía muy jóvenes, mucho antes de considerar en serio la cuestión de si la Biblia era o no la revelación de Dios.

Más adelante, a medida que fuimos creciendo y comenzamos a leer la Biblia de un modo más serio, experimentamos que ésta incidía en nuestra fe, reafirmándola y fortaleciéndola.

Desde nuestra perspectiva existencial, la Biblia nos parecía una obra evidentemente digna de confianza y verdadera, y todavía nos lo sigue pareciendo después de nuestros años de formación académica. De modo que, ¿se inició este proceso con nuestra fe en Cristo?

Por otra parte, cuando éramos niños, todo lo que aceptábamos por la fe acerca de Jesús procedía de la Biblia; creyendo pues en Él, estábamos de hecho creyendo en el relato bíblico. Así que, ¿se inició este proceso con nuestra fe en la Biblia? ¿El huevo o la gallina?

En la actualidad, tenemos la impresión de que ambas cosas van juntas y son inseparables. Creemos en la inspiración y veracidad de la Biblia porque conocemos a Jesucristo, y conocemos a Jesucristo mediante el testimonio de la Biblia.

En este apéndice presentamos una breve defensa de las Escrituras como texto digno de confianza y verdadero. Sin embargo, nuestra convicción en la veracidad de la Biblia no puede nunca reducirse a un argumento intelectual que demuestra racionalmente que la Biblia es absolutamente cierta y que, por tanto nos fuerza, si queremos ser coherentes con los hechos, a creer en Jesús como el Hijo de Dios.

Es bueno que seamos capaces de presentar una defensa clara y lógica de la inspiración y veracidad de la Biblia, no obstante nuestra relación con Jesucristo no depende de nuestra capacidad para desarrollar una defensa racional de la inspiración bíblica.

Inerrancia

¿Hasta qué punto es exacta la Biblia? ¿Cuán extensiva es la verdad de la Biblia? ¿Está por completo libre de error?

Aún dentro de los ambientes evangélicos, entre aquellos que afirman la inspiración, existe un cierto desacuerdo en cuanto a cuestiones relacionadas con la inerrancia.

Creemos que es útil analizar algunos pasajes del Nuevo Testamento donde Jesús utiliza las Escrituras (i.e., el Antiguo Testamento). ¿Cuál es su punto de vista acerca de la Biblia?

En Mateo 5:17–18 el Señor afirma: «No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla». Jesús vino a cumplir la ley hasta el detalle más mínimo (habla no solo de la letra más pequeña, sino de los minúsculos trazos que distinguen a una letra de otra).

Aunque en este texto Jesús habla en sentido figurado, lo que quiere decir es que su propósito era cumplir el Antiguo Testamento en sus detalles más insignificantes. Esto implica que las Escrituras son dignas de confianza incluso en sus pormenores más insignificantes.

De igual modo, Jesús dice en Mateo 22:31–32: «Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: ‘Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob’? Él no es Dios de muertos, sino de vivos».

En estos versículos Jesús basa su argumento en el tiempo verbal. En su refutación de aquellos que negaban la resurrección, Jesús señala la afirmación en tiempo presente que Dios hace en el Antiguo Testamento cuando dice: «Yo soy el Dios de…».

Observemos, por último, que en Mateo 22:41–46 Jesús desarrolla un argumento a partir del uso del pronombre «mi». El texto dice:

Estando reunidos los fariseos, Jesús les hizo una pregunta, diciendo: ¿Cuál es vuestra opinión sobre el Cristo? ¿De quién es hijo? Ellos le dijeron: De David. Él les dijo: Entonces, ¿cómo es que David en el Espíritu le llama «Señor», diciendo: «Dijo el Señor a mi Señor: ‘sientate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’»? Pues si David le llama «Señor», ¿cómo es Él su hijo? Y nadie pudo contestarle ni una palabra, ni ninguno desde ese día se atrevió a hacerle más preguntas.

Parece, pues, que Jesús trataba el Antiguo Testamento como un registro riguroso y libre de errores hasta en los tiempos verbales y pronombres utilizados en su redacción.

Esto nos parece un buen modelo a seguir. No obstante, tengamos en cuenta que este nivel de exactitud solo se encuentra en los manuscritos autógrafos. Los errores de los copistas o de los traductores quedan fuera del parámetro de la expresión «exhalada por Dios».

De hecho, no creemos que el término «inerrancia» sea el mejor que podamos utilizar en esta exposición puesto que no todo el mundo define el concepto de «error» de la misma manera.

Por tanto, para poder hablar con propiedad acerca de errores o ausencia de ellos, es muy importante que definamos exactamente lo que entendemos por «error».

En materia de inerrancia, los argumentos se hacen con frecuencia un tanto confusos por la imprecisa definición de este término.

Si Mateo relata un episodio de la vida de Jesús de manera distinta que Lucas, ¿es esto un error? Nosotros no creemos que lo sea.

En ocasiones, no obstante, la Biblia puede ser compleja y contener lo que nosotros llamamos «tensiones».

Por nuestra parte nos inclinamos a sostener que estas «tensiones» son intencionadas, y que no están en el texto por error sino porque así fueron diseñadas; difícilmente pueden considerarse como «errores».

Por esta razón preferimos hablar de veracidad, fiabilidad e inspiración de la Biblia más que utilizar el término un tanto impreciso de «inerrancia».

No obstante, esta palabra ha llegado a ser muy común entre los eruditos evangélicos para aludir a la precisión y exactitud de la Escritura.

Ciertamente, en esta exposición afirmamos sin paliativos la inerrancia. Pero creemos que es importante definir cuidadosamente este término, y proponemos una sencilla definición del término para poder trabajar con este concepto: en sus autógrafos originales, la Biblia dice exactamente lo que Dios quiere que diga y no ha sido corrompida por errores humanos.

En 1978 un amplio grupo de eruditos evangélicos desarrolló una definición mucho más exhaustiva en el marco del Concilio Internacional para la Inerrancia Bíblica (International Council on Biblical Inerrancy). En las sesiones del Concilio se debatieron asuntos de gran complejidad relacionados con la definición y las implicaciones del término inerrancia, y plasmaron sus resultados en un documento titulado «Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica». Este documento sigue siendo una de las mejores exposiciones y definiciones de la Inerrancia Bíblica. Puedes leer este documento en Internet, en cualquiera de las muchas páginas web que lo consignan. Solo tienes que buscar «The Chicago Statement on Biblical Inerrancy».

El canon del Antiguo Testamento

El término castellano «canon» es la transliteración de la palabra griega κανών que denotaba en su origen una «vara recta» o «vara de medir». Se utilizaba literalmente para medir la «rectitud» lineal de objetos físicos sin embargo también se le dio al término un sentido figurado para denotar las reglas o normas de la fe cristiana. Alrededor del siglo IV dC., se utilizaba regularmente para aludir a la colección de libros considerados autoritativos o inspirados. En nuestros días seguimos utilizando los términos «canon» y «canónico» para hacer referencia a la recopilación de libros que la Iglesia acepta como inspirados y autoritativos.

Antes de la venida de Cristo, los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento estaban ya bien establecidos como las Escrituras autoritativas de los judíos. El orden de los libros era distinto, y esto se refleja en el título que los judíos utilizan en nuestros días para referirse a su «Biblia». Las Escrituras del judaísmo (nuestro Antiguo Testamento) reciben el nombre de «Tanak», que son las siglas de su triple división de la Biblia: la «T» de Toráh (la Ley), la «N» de Nebihím (los Profetas), y la «K» de Ketubim (los Escritos). Así, la distribución de los libros de la Tanak judía difiere de la del Antiguo Testamento protestante, aunque los libros son los mismos.

La Iglesia primitiva aceptó los libros del canon judío. De hecho, es evidente que los autores del Nuevo Testamento consideran que los libros del Antiguo Testamento son Palabra de Dios y autoritativos para los cristianos, como se ve en la anterior exposición de 2 Timoteo 3:16–17. Marción, un escritor del siglo segundo dC., puso en entredicho el estatus canónico del Antiguo Testamento e intentó convencer a la Iglesia de que lo abandonara. No obstante, los autores del Nuevo Testamento habían abrazado los libros del Antiguo Testamento, y la tradición transmitida a la Iglesia por parte de los apóstoles había ratificado claramente el texto veterotestamentario como Palabra de Dios. De modo que Marción no consiguió disuadir a la Iglesia de su convicción en el sentido de que los libros del Antiguo Testamento eran inspirados, autoritativos, y canónicos.

Pero ¿qué son los libros apócrifos? Aunque el canon judío se fijó probablemente hacia el año 200 aC., otras obras teológicas judías se escribieron durante el periodo que va desde el 200 aC. al 100 dC. Muchos de estos «libros» circularon ampliamente por las sinagogas judías donde se leían y se tenían en gran estima, pero nunca fueron aceptados por los judíos como libros autoritativos al mismo nivel que los que estaban en el canon.

Durante este mismo periodo, las Escrituras judías se tradujeron del hebreo al griego (la Septuaginta), y esta versión griega del Antiguo Testamento se hizo muy popular entre la recién nacida Iglesia. También se tradujeron al griego varias de las obras teológicas no canónicas judías (es posible que algunas de ellas hubieran sido ya redactadas originalmente en griego) y se integraron en la colección conocida como Septuaginta. Si bien en las sinagogas los rabinos judíos dejaban claro que estos libros añadidos podían ser útiles, pero no eran de ningún modo autoritativos o canónicos —puede que algo parecido a lo que sucede hoy con las notas de estudio— algunos miembros de la joven Iglesia comenzaron a dar por sentado que si estas obras estaban integradas en el volumen bíblico, habían de ser parte de la Escritura inspirada.

La mayor parte de los eruditos cristianos de aquel periodo intentaron ayudar a la Iglesia a mantener esta importante distinción, a saber, que estos libros apócrifos eran provechosos, pero no inspirados o canónicos. En el siglo cuarto Jerónimo llevó a cabo una traducción al latín conocida como la Vulgata. En ella incluyó los libros apócrifos aunque observando claramente que no había que dárseles el mismo estatus que a los libros canónicos. Sin embargo, con el paso de los años, las notas de Jerónimo se pusieron a un lado, y los lectores de esta Biblia latina comenzaron a aceptar los libros apócrifos como parte de la Biblia. Cuando el latín se convirtió en el principal idioma teológico de la Iglesia de Occidente, los libros apócrifos de la Vulgata se aceptaron como canónicos.

Un aspecto importante de la Reforma Protestante (siglo XVI dC.) fue la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas de Europa (inglés, alemán, francés, etc.). Con un gran respeto por los idiomas originales, hebreo y griego, estos traductores dejaron a un lado la Vulgata Latina y regresaron a los manuscritos hebreos y griegos. Observando que la Biblia hebrea no incluía los apócrifos y recordando el anterior rechazo de estos libros en el periodo de la Iglesia primitiva, los reformadores los pusieron como un anexo del texto bíblico o, sencillamente, no los incluyeron. En respuesta a la decisión de los reformadores protestantes, en el concilio de Trento (1545–1564) la iglesia católico-romana afirmaba que la Vulgata latina era la Biblia oficial de la Iglesia verdadera y que los libros apócrifos eran, por tanto, canónicos y autoritativos.

Desde entonces, por regla general, las Biblias protestantes han omitido los apócrifos mientras que las católicas los incluyen. Entre estos libros están Tobías, Judit, 1 Macabeos, 2 Macabeos, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico (conocido también como Ben Sira), Baruc, y varios añadidos a los libros de Daniel (p. ej., Susana, Bel y el Dragón) y Ester.

No hay nada realmente insólito en estos libros si se consideran como escritos religiosos judíos. Es cierto que la iglesia católico romana apela a algunos textos de ellos para apoyar la doctrina del purgatorio y la práctica de la oración por los muertos, sin embargo, en realidad los textos en cuestión son bastante imprecisos como apoyo de estas doctrinas. Por otra parte, los libros apócrifos (junto con otros escritos judíos de este periodo) representan una enorme riqueza de información acerca de las concepciones y creencias judías en boga durante los doscientos años antes de Cristo y el primer siglo de la Iglesia. Los dos libros de Macabeos son nuestra principal fuente histórica del periodo intertestamentario. Junto con otros importantes escritos judíos de este periodo (como por ejemplo el Libro de los Jubileos, los Oráculos Sibilinos, la Asunción de Moisés, y 1 Enoc) estos libros nos ayudan a entender la teología judía con la que chocaron Jesús y Pablo. Se trata de escritos antiguos e interesantes, y nos ofrecen muchos datos del trasfondo histórico que pueden ayudarnos a entender mejor el Nuevo Testamento. Sin embargo, no son inspirados y no tienen, por tanto, autoridad ni son parte del canon cristiano.

 El canon del Nuevo Testamento

Los primeros cristianos heredaron el canon del Antiguo Testamento de los judíos y abrazaron desde el comienzo los libros canónicos veterotestamnetarios. Sin embargo, en este mismo periodo en que la Iglesia estaba siendo establecida y formada, los libros del Nuevo Testamento se estaban escribiendo, copiando, y extendiendo. El grupo de libros que conocemos como el Nuevo Testamento no se redactó todo a la vez, sino aproximadamente en el periodo que comprende los años 49–95 dC., exactamente al mismo tiempo en que el mensaje del Evangelio se extendía rápidamente por el mundo Mediterráneo. Es un hecho que a lo largo de la última mitad del siglo primero la propagación del cristianismo fue probablemente más rápida que la copia y diseminación de los libros del Nuevo Testamento. Al finalizar el siglo I, estas primeras iglesias estaban leyendo y recopilando los diferentes libros del Nuevo Testamento (en especial los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo), sin embargo muy pocas de ellas contaban con todos los libros del Nuevo Testamento.

Según parece, al término del siglo I (hacia el año 100 dC.) las iglesias aceptaban ampliamente los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas, y Juan), el libro de Hechos y las cartas de Pablo como literatura autoritativa y «canónica» (aunque todavía no se utilizaba el término «canon» con este sentido). Por lo que respecta a los demás libros, teniendo en cuenta que habían sido escritos hacia finales del primer siglo (Apocalipsis), eran muy breves y su circulación no era muy amplia (2 Juan, 3 Juan), o había incertidumbres respecto a su autoría (Hebreos), se aceptaban en ciertas regiones, pero no en otras. Es decir, en algunas regiones se reconocían como documentos autoritativos y se leían en las iglesias, mientras que en otras zonas las congregaciones no los conocían o tenían dudas acerca de su autoridad.

De este modo, al comenzar el siglo segundo, la teología de la Iglesia (i.e., el mensaje del «Evangelio») estaba principalmente definido por los cuatro Evangelios canónicos y las cartas de Pablo, puesto que estos eran los libros que habían sido aceptados universalmente. Las iglesias seguían diseminando los demás libros y evaluándolos. Con el paso del tiempo, un creciente número de iglesias comenzaron a aceptar el resto del Nuevo Testamento. De modo que, aparte de los Evangelios y los escritos de Pablo, la decisión respecto a los libros que eran o no canónicos fue un proceso bastante lento. Los criterios esenciales que utilizaban las iglesias eran el de la paternidad literaria, a saber, el vínculo  del escrito en cuestión con un apóstol, el de la amplitud de su aceptación y utilización, y el de su conformidad con la tradición del «Evangelio» según el testimonio oral del siglo primero y de acuerdo con el contenido de los cuatro Evangelios escritos y las cartas de Pablo.

Además, a medida que avanzaba el siglo II (y también a comienzos del III), fueron apareciendo un buen número de otras obras de literatura «cristiana» que se leían en algunas iglesias. Entre las más populares estaban el Pastor de Hermas, Sabiduría de Salomón, el Apocalipsis de Pedro, la Epístola de Bernabé, y la Didajé. Hubo diversas opiniones respecto a la validez de estos libros, y la Iglesia comenzó también a debatir y evaluar su contenido.

No obstante, durante el siglo segundo y a comienzos del tercero, varios grupos heréticos (marcionitas, montanistas, gnósticos) comenzaron por su parte a generar su propia literatura. Eran obras que pretendían adaptar la teología cristiana tradicional del siglo primero (tal como se define en los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo) a las tendencias filosóficas del siglo segundo. Este tipo de obras (como el Evangelio de Tomás, escrito alrededor del año 150 dC.) cuestionaba la teología del cristianismo primitivo, y sus proponentes parecían querer llevar a la Iglesia por un camino muy distinto del que proclamaba Pablo en sus cartas y el Señor Jesucristo en los cuatro Evangelios. Los dirigentes de la Iglesia se pronunciaron con energía en contra de estas obras, observando la teología herética que propugnaban y señalando claramente el peligroso desafío que suponían para el verdadero Evangelio.

Por esta razón, si bien la Iglesia tardó un cierto tiempo en decidir universalmente la aceptación o rechazo de obras como 2 Juan y el Pastor de Hermas, se pronunció, no obstante, con relativa rapidez y contundencia acerca de obras heréticas como los «Evangelios» gnósticos (el Evangelio de Tomás, por ejemplo). Asimismo, la autoridad o canonicidad de otros escritos gnósticos como el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de los Hebreos, y el Evangelio de María Magdalena (obras del segundo y tercer siglo), tampoco fue nunca seriamente considerada por un número importante de iglesias. Tales obras se calificaron de heréticas y no fueron objeto de mayor atención.

Hacia finales del siglo segundo dC. y en el siglo tercero empiezan a aparecer listados de libros «canónicos». A comienzos del siglo tercero, Orígenes proponía tres categorías de clasificación: libros aceptados, libros cuestionados, y libros rechazados. Según este erudito, la Iglesia aceptaba sin reservas los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas, y Juan), el Libro de los Hechos, las trece cartas de Pablo, Hebreos, 1 Pedro, 1 Juan, y el libro de Apocalipsis; cuestionaba 2 y 3 Juan, 2 Pedro, Santiago, y Judas; y rechazaba firmemente los «Evangelios» gnósticos incluido el Evangelio de Tomás.

Eusebio, un historiador de la Iglesia que escribe a comienzos del siglo cuarto, sigue también un patrón triple de clasificación similar al de Orígenes y propone esta ordenación: (a) acepta los cuatro Evangelios, las cartas de Pablo, 1 Pedro, 1 Juan, y el libro de Apocalipsis, (b) cuestiona Santiago, Judas, 2 Pedro, y 2 y 3 Juan, y (c) rechaza como heréticos los «Evangelios» gnósticos incluido el Evangelio de Tomás.

Por último, en el año 367 dC., Atanasio, obispo de Alejandría, nos proporciona una lista de los libros canónicos que se corresponde exactamente con los veintisiete libros de nuestro Nuevo Testamento. Al final del siglo cuarto, Jerónimo escribió la Vulgata Latina, con un Nuevo Testamento que contenía los mismos veintisiete libros. Durante este mismo periodo, Agustín afirma con toda claridad que estos veintisiete libros, y solo ellos, son canónicos y útiles para el uso de la Iglesia. Si bien es cierto que para las iglesias de Siria el canon siguió abierto respecto a algunos libros durante algunos siglos más, para la Iglesia de Occidente este asunto había sido zanjado y el canon se cerró hacia finales del siglo cuarto.

No obstante, hay que tener en cuenta que los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo no fueron nunca cuestionados; se aceptaron como autoritativos y «canónicos» al poco de ser escritos y copiados. Sin duda, hacia finales del siglo primero ya se había producido una extensa aceptación de este núcleo de libros del Nuevo Testamento. Lo que se estuvo debatiendo durante los dos o trescientos años siguientes fue la canonicidad de los demás libros del Nuevo Testamento y otros documentos religiosos, como el Pastor de Hermas. Las iglesias antiguas rechazaron rápida y firmemente los escritos heréticos, como los evangelios gnósticos (el Evangelio de Tomás, el Evangelio de María, etc.).

Desafíos actuales al canon cristiano del Nuevo Testamento

Muchos de los escritos no canónicos que antes hemos mencionado se han publicado y han estado durante siglos a disposición de los eruditos (y estudiantes). No hay en ellos nada misterioso u «oculto», y son útiles para la comprensión de la historia de la Iglesia Primitiva. A medida  que la Iglesia crecía y se extendía, se veía en la necesidad de contender constantemente con todo tipo de ideas religiosas y filosóficas no cristianas presentes en las distintas sociedades y culturas en las que estaba inmersa. Muchas de estas obras reflejan estas controversias.

El Evangelio de Tomás, aunque citado muchas veces por antiguos autores cristianos como herético, no estuvo al alcance de los historiadores, sino en fragmentos hasta mediados del siglo XX. En 1945, cerca de la aldea egipcia de Nag Hammadi, algunos beduinos de la zona descubrieron un recipiente de barro que contenía antiguos libros de papiro encuadernados con piel. Se trataba de una recopilación de escritos gnósticos que databan de la segunda mitad del siglo cuarto dC. Esta recopilación de literatura gnóstica se conoce como los textos de Nag Hammadi. En la colección aparece una copia completa del Evangelio de Tomás.

Durante los últimos años, en Norteamérica se ha despertado un enorme interés popular en los textos de Nag Hammadi, en especial, por el Evangelio de Tomás. De hecho, varios libros basados en éste y otros escritos gnósticos se han situado en los primeros lugares de la lista de libros más vendidos del New York Times. En los últimos diez años, se han escrito docenas de libros acerca de «los evangelios» gnósticos. Siguen siendo aún populares la novela de el Código Da Vinci de Dan Brown, Cristianismos Perdidos de Bart Ehrman, y Más allá de la fe: el Evangelio secreto de Tomás, de Elaine Pagels.

Aunque estos libros difieren en un buen número de detalles, uno de los temas que plantean unánimemente es que los «Evangelios» gnósticos (en especial el Evangelio de Tomás, pero también el Evangelio de María Magdalena y el Evangelio de Felipe) deberían verse como antiguas expresiones alternativas válidas del cristianismo. Sostienen que en los siglos II y III el cristianismo era muy heterogéneo y que la literatura gnóstica era una expresión de sus legítimas ramas. A menudo, se propone que los escritos gnósticos pueden ser incluso más auténticos que, al menos, uno de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Estos «Evangelios», sostienen, dejaron de ser populares porque ciertos líderes cristianos con mucha influencia política y los concilios eclesiásticos del siglo IV se opusieron a ellos y mandaron destruir todas las copias de estos documentos.

Elaine Pagels, por ejemplo, en su best seller Más allá de la fe: el Evangelio Secreto de Tomás, defiende que la antigüedad de este «Evangelio» se remonta, sin duda, al siglo primero, al mismísimo apóstol Tomás y contiene una recopilación especial de frases dichas por Jesús que  Él mismo le confió a este apóstol. El Evangelio canónico de Juan —arguye esta escritora—, se escribió más adelante a fin de refutar el más auténtico Evangelio de Tomás. De este modo, lo que propone Pagels es que los cristianos de hoy han de adoptar el Evangelio de Tomás en lugar del Evangelio de Juan. Lo que está en juego es la divinidad de Jesucristo. Pagels (y otros defensores más del gnosticismo) sostienen que Jesús es solo un ser humano, no divino. De hecho —afirma—, esta es precisamente la cristología que surgiría si la gente de hoy sustituyera el Evangelio de Tomás por el Evangelio de Juan. Pagels arguye que los evangelios gnósticos demuestran que este punto de vista refleja una auténtica expresión alternativa del cristianismo histórico, válida para los creyentes de hoy.

Dan Brown plantea un argumento parecido en su obra de El Código Da Vinci. Aunque se trata de una novela, en distintas entrevistas televisadas, Brown ha expresado con toda claridad su convicción de que el libro es históricamente riguroso y que sus comentarios acerca de la antigua literatura e historia cristianas, se basan en la opinión de los mejores eruditos de nuestro tiempo. Sus personajes de ficción dicen a sus lectores que el canon actual, que subraya la divinidad de Cristo, quedó establecido en un concilio de la Iglesia del siglo IV por un solo voto, un voto que supuso la destrucción y supresión de los entonces populares evangelios gnósticos, que subrayaban únicamente la humanidad de Cristo. Los personajes de Brown, y también otros autores que especulan acerca del Evangelio de María Magdalena, declaran además que Jesús estaba casado con María Magdalena y tuvo hijos con ella. Por otra parte —afirma Brown—, Jesús hizo a María revelaciones más profundas y más maduras que a los apóstoles.

Brown y Pagels convergen de nuevo al insistir en que, como enseñan los «Evangelios» gnósticos, la revelación de Dios no nos llega a través del texto bíblico, sino por medio del individuo. Pagels deja muy clara esta cuestión, con su interés en apartar la atención de la Biblia como instrumento de la revelación divina y situarlo en el individuo, en consonancia con el Evangelio de Tomás.

¿Cuál ha de ser nuestra actitud ante estas nuevas afirmaciones? En primer lugar, aunque no podemos tratar todos los detalles en un breve capítulo como este, es importante poner de relieve que tanto Pagels como Brown han distorsionado seriamente los datos históricos. Es cierto que la Historia revela que la etapa final del canon fue un proceso lento y laborioso, no obstante, muestra también que un gran número de iglesias nunca consideró que los «evangelios» gnósticos fueran canónicos. No es que fueran «borrados» del canon, como sostienen Pagels y Brown, sino que nunca formaron parte de las obras autoritativas de las iglesias antiguas.

Es también importante subrayar la total ausencia de cualquiera de los libros canónicos del Nuevo Testamento de la colección de textos gnósticos encontrados en Nag Hammadi. Este hecho tiene fuertes implicaciones respecto a la naturaleza de los valores religiosos que sostenían los autores del material de Nag Hammadi. Es posible que la religión que se refleja en estos documentos aluda a Jesucristo, sin embargo, no es cristianismo. Sin conexiones más fuertes y, autenticadas con Jesús y con los apóstoles del primer siglo, esta literatura no puede pretender representar al cristianismo.

Los cuatro Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas, y Juan) y las cartas de Pablo fueron ampliamente aceptadas por la Iglesia hacia finales del siglo primero y comienzos del segundo. La divinidad de Cristo, así como la importancia de su vida, muerte y resurrección están firmemente establecidos por estos documentos. Pagels y quienes la apoyan no tienen textos o pruebas de que el Evangelio de Tomás se hubiera escrito antes de mediados del siglo segundo (hacia el año 150 dC.). Por el contrario, sí tenemos un auténtico fragmento de manuscrito griego de una copia del Evangelio de Juan que permite fechar claramente este documento, como mínimo, en el año 120 dC., lo cual implica que el original fue escrito mucho antes, probablemente hacia finales del siglo primero (la mayoría de los eruditos evangélicos especializados en los documentos joaninos fechan el Evangelio de Juan entre los años 80 y 85 dC., y la mayor parte del resto se inclinan por un periodo entre el 90 y el 100 dC.). Todas las pruebas apuntan a la conclusión de que el Evangelio de Juan es anterior al Evangelio de Tomás, probablemente en más de cincuenta años. Por tanto, el argumento de Pagels en el sentido de que el Evangelio de Juan es una refutación del Evangelio de Tomás es difícil de mantener.

A lo largo de la historia del cristianismo han aparecido un buen número de distorsiones y herejías. De hecho, los cristianos siempre han tenido que estudiar la Biblia para discernir entre la verdad de Jesucristo y las falsas doctrinas sugeridas por aquellos que no se atienen a las Escrituras reveladas. A lo largo de la Historia, la Iglesia ha tenido a menudo que identificar diferentes documentos y enseñanzas heréticas y separarlos de los fidedignos e inspirados libros de la Biblia en los que los cristianos han basado su vida durante casi dos mil años. Las herejías del siglo segundo, como el gnosticismo, son antiguas e interesantes. En último término, sin embargo, siguen siendo herejías que niegan la divinidad de Cristo.

Otros libros

Las cuestiones relativas a la inspiración, inerrancia y desarrollo del canon son complejas, y la obligada brevedad de este capítulo nos ha forzado a sintetizar y simplificar algunos asuntos complicados. De hecho, esta exposición no es sino una breve perspectiva general. Te animamos a leer más acerca de estos temas.

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