¿CÓMO ENTENDER EL SIGNIFICADO DE LOS PASAJES BÍBLICOS?

como interpretar la Biblia

Vamos a mirar más de cerca los contextos: la clave para entender el significado de los pasajes bíblicos.

¿Qué llevamos con nosotros al texto? Aquí consideraremos la cuestión de lo que podemos llamar comprensión previa: todas las ideas y experiencias que llevamos con nosotros a la tarea de la interpretación.

¿Cómo podemos manejar nuestra comprensión previa de un modo que no nos ciegue ante lo que Dios quiere decir?

Desde nuestro contexto nos dirigiremos al contexto de la Biblia. En el capítulo 6 exploraremos el contexto histórico y cultural o trasfondo de la Biblia. Miraremos de cerca el mundo de la Biblia a fin de ver el modo en que Dios se comunicó con hombres y mujeres de la Antigüedad inmersos en culturas y situaciones muy específicas. Una vez entendamos lo que Dios les estaba diciendo a ellos, estaremos en condiciones de entender más claramente lo que nos dice a nosotros. En el capítulo 7 aprenderemos a distinguir el contexto literario, es decir, los textos que rodean el pasaje que estamos estudiando.

Terminaremos esta sección con dos temas que están estrechamente relacionados con el contexto. En el capítulo 8 aprenderemos a realizar estudios de palabras de un modo correcto (i.e., en su contexto). En el capítulo 9 profundizaremos en la cuestión de la traducción bíblica. ¿Cómo ha llegado hasta nosotros la Biblia? ¿Con qué criterios se ha traducido la Biblia al castellano? ¿Cuáles son los dos acercamientos principales a la traducción? Y ¿cuál es la mejor traducción? Al finalizar esta sección, probablemente tendremos una buena percepción de la importancia del contexto, tanto del nuestro como del de los autores bíblicos.

¿Qué llevamos con nosotros al texto?

Introducción

En los próximos capítulos consideraremos la importancia del contexto para la interpretación bíblica. Uno de los contextos que, a menudo, se pasa por alto es el del lector: el mundo desde el que se acerca al texto quien hoy lo estudia. Cuando leemos la Biblia nunca somos ni neutrales ni objetivos. Llevamos con nosotros muchísimas ideas e influencias preconcebidas al texto. Por ello, hemos de exponer y evaluar estas influencias «pre-texto», a fin de que no nos confundan en nuestra búsqueda del significado del texto bíblico.

Comencemos con un relato: Daniel y su familia estuvieron varios años en Etiopía llevando a cabo una labor misionera. Al poco de llegar a este país, Daniel tuvo el privilegio de presenciar unos festejos navideños organizados por una iglesia evangélica etíope en la ciudad de Dilla. ¡Fue algo completamente distinto a cualquier cosa que jamás hubiera visto! No había árboles de Navidad, ni iluminación especial, ni tampoco nieve. La temperatura era muy agradable, y en las inmediaciones de la iglesia había muchos bananeros. En el edificio de la iglesia, cuyo aforo era de unas 150 personas, se apiñaban más de cuatrocientas. Por supuesto, hablar de «asientos» sería un eufemismo; los bancos eran unos incómodos y desiguales tablones ásperos y cortados a mano. El suelo de la iglesia estaba muy sucio (podían verse las pulgas saltando), los muros eran de barro, blanqueados con cal, y el tejado estaba hecho con vigas de madera de eucalipto y una marquesina de acero ondulado.

Siempre que el Sol se escondía detrás de una nube, el cambio de temperatura producía la contracción de la marquesina, que crujía y rechinaba durante unos segundos. Después el Sol surgía de nuevo y calentaba el acero de la marquesina, con lo que se repetían los chirridos rituales hasta que el metal se había expandido adquiriendo su tamaño original. De este modo, la techumbre aportaba su trasfondo de «gemidos» ocasionales. El interior de la iglesia estaba iluminado por dos únicas bombillas de cuarenta vatios. Normalmente, la mayor parte de la luz entraba por las numerosas ventanas abiertas a cada lado del edificio, sin embargo en aquel día en concreto una buena parte de la luz estaba bloqueada por docenas de ávidos espectadores que se apiñaban de puntillas alrededor de cada una de las ventanas del exterior del edificio y que alargaban el cuello en un intento de ver lo que estaba pasando en el interior. Habían llegado demasiado tarde para poder sentare y presenciar el programa desde dentro.

En los Estados Unidos, las fiestas de Navidad son bastante estereotipadas. Daniel daba por sentado que aquella sería muy parecida. ¿De qué otro modo se puede contar el relato navideño? ¡Le esperaba una buena sorpresa! El festejo se inició de un modo bastante normal: una especie de pregonero municipal comenzó a andar por todas partes gritando como un poseso, megáfono en ristre, proclamando los nuevos requisitos del censo romano. Después de cierta preparación de la familia de José, él y María partieron finalmente hacia Belén.

Aquí el guión comenzó a ser un poco distinto, puesto que José y María no viajaban solos. María, bastante voluminosa en su último mes de embarazo, iba acompañada de más de una docena de tías y primas. José iba solo, en cabeza, seguido de todas aquellas mujeres, que charlaban alborotadamente acerca de cuestiones de «maternidad». «¡No veas!» pensó Daniel, «¿qué ha pasado con la típica escena de María, José, y el asno? ¿De dónde han salido todas estas mujeres? ¡En el relato bíblico no aparecen!»

Algunos minutos más tarde el bullicioso séquito llegó a Belén y fue conducido a un corral lleno de ovejas. A continuación comenzaron los dolores de parto de María. José se paseaba nervioso por delante del establo, mientras las mujeres, varias de ellas comadronas, se apiñaban alrededor de María para ayudarla en el parto. Después de un corto periodo en que se escenificaron los dolores de parto, todas las mujeres prorrumpieron al unísono en un vibrante y estridente chillido: el típico grito de alegría que en aquellas tierras sirve para anunciar el nacimiento de cada uno de los niños y niñas que nacen. Los espectadores acogieron la escena con una gran ovación, y las mujeres del auditorio se unieron a las actrices en el grito de alegría. Al oír el griterío, José se apresuró al redil para ver al neonato. Más adelante, por supuesto, llegaron los pastores de rigor, seguidos de los magos… ¡La representación duró en total unas dos horas!

Lo que más sorprendió a Daniel fue el modo en que los creyentes etíopes habían interpretado el relato bíblico a partir de su cultura. No es que estuvieran adaptándolo conscientemente para hacerlo etíope. Su intención era representarlo del modo que ellos creían que había sucedido en realidad. No obstante, observemos lo que hicieron. Como hacemos también nosotros en nuestras representaciones, los guionistas etíopes insertaron explicaciones acordes con su cultura en los silencios del relato. Por ejemplo, para los etíopes era impensable que la familia de María la hubiera dejado hacer sola aquel viaje a Belén. Era una mujer joven que esperaba su primer hijo, y en la cultura abisinia es inimaginable que a una mujer en estas circunstancias se le permitiera viajar con la única ayuda de José. ¿Quién era, al fin y al cabo, la que tenía que dar a luz? Solo una persona muy irresponsable viajaría embarazada sin sus tías para que la ayudaran en el parto.

Para quienes vivimos en la cultura occidental no es ningún problema puesto que el nuestro es un mundo de médicos y hospitales. En nuestras adaptaciones del relato bíblico nosotros ni siquiera pensamos en las comadronas. De hecho, en general pasamos por alto el asunto de quién ayudó a María durante el alumbramiento. Simplemente situamos a la joven pareja en el establo y a continuación, ¡sorpresa! El niño Jesús aparece en brazos de María como por ensalmo. Pero pensemos un poco. ¿Fue acaso José quién ayudó a María en el parto? Los etíopes se reirían de nosotros si sugiriéramos algo tan absurdo. ¿Es que acaso un hombre joven, recién casado y que aún no tenía ningún otro hijo tenía la experiencia necesaria para ayudar a su esposa en su primer parto? En Etiopía nunca se produciría una situación tan inverosímil.

Observemos lo que ha sucedido. En la representación del relato bíblico que hacemos en el mundo occidental, rellenamos las lagunas del texto desde un punto de vista occidental. En nuestro mundo pensamos principalmente en términos de unidades familiares nucleares (el padre, la madre y los hijos), y por ello no tenemos ningún problema con el hecho de que José y María viajaran solos. Nunca se nos ocurre pensar en la presencia de comadronas porque rara vez las utilizamos. En nuestra cultura la escena de un joven que se dirige con su esposa a un hospital cuando comienzan los dolores de parto es muy familiar. El marido ingresa a su esposa en el hospital, y transcurrido cierto tiempo en que éste aguarda en la sala de espera: ¡voilà! Aparece el bebé. Por esta razón, no tenemos problema en presentar a María y José en un contexto parecido.

Sin embargo, los etíopes tienen una experiencia cultural diferente con los partos. Las tías, primas y otras parientes rodean a la joven que está por dar a luz, y la miman durante las últimas semanas del embarazo. Nunca se la deja sola. Normalmente, los nacimientos no se producen en un hospital, sino en una casa. Se trata de una cuestión familiar. Quienes se encargan de ayudar en el parto son las propias parientes o mujeres con experiencia en el barrio (amigas de la familia). En Etiopía sería impensable que a una primeriza como María se le permitiera emprender un viaje sin ser acompañada por sus parientes, como lo sería también la idea de un José, joven e inexperto, actuando de algún modo como obstetra. Puesto que en el mundo occidental se ha visto desde siempre esta misma representación navideña, se ha aceptado en general esta versión como la verdad de los hechos. No obstante, tanto occidentales como etíopes se toman ciertas libertades con el relato y rellenan los silencios del texto con referencias acordes con sus respectivas culturas. ¿Cuál de las dos culturas crees que está más cerca de la de la Biblia?

Comprensión previa

Una de las principales influencias que pueden llevarnos a una interpretación sesgada del texto y apartarnos de su verdadero sentido es lo que hemos llamado comprensión previa. Al hablar de comprensión previa nos referimos a todas aquellas nociones y pensamientos preconcebidos que llevamos al texto y que hemos formulado consciente o inconscientemente antes de estudiarlo con detalle. En el ámbito de los problemas culturales de los que acabamos de hablar (más adelante hablaremos de ellos con más detalle), la comprensión previa es una de las cuestiones más importantes. Ésta incluye experiencias específicas y encuentros anteriores con el texto que tienden a hacernos asumir que ya entendemos lo que se está diciendo.

En la comprensión previa actúan influencias tanto positivas como negativas, algunas de ellas acertadas y otras no. En ella se incorpora todo lo que hemos escuchado en la escuela dominical, en la iglesia, en los estudios bíblicos, y en tu lectura personal de la Biblia. Pero no solo esto, sino que nuestra comprensión previa de los textos bíblicos está también condicionada por los himnos que hemos escuchado así como por toda clase de música, arte y literatura, tanto cristianos como seculares con que hayamos tenido alguna relación. Por otra parte, la cultura se introduce constantemente en este proceso.

Hemos de tener en cuenta que nuestra comprensión previa de un pasaje en concreto puede de hecho ser correcta. No obstante, el problema es que muchas veces no lo es, y hasta que no estudiamos el texto con seriedad no podemos saber si es o no acertada. El peligro que aquí enfrentamos es el de asumir que nuestra comprensión previa de los textos es siempre correcta. Vanhoozer califica esta actitud de orgullo. Esta clase de orgullo —dice Vanhoozer—, «estimula en nosotros la idea de que conocemos el sentido correcto del texto antes de que hayamos hecho el debido esfuerzo para entenderlo. El orgullo no escucha. Ya lo sabe».

Otro peligroso aspecto de la comprensión previa aflora cuando nos acercamos al texto con un presupuesto teológico ya formulado. Es decir, iniciamos nuestro acercamiento al texto buscando aspectos específicos, y utilizamos meramente el pasaje en cuestión para buscar aquellos detalles que encajan con nuestra posición teológica preconcebida. Cualquier cosa que no encaje con el significado que estamos buscando nos la saltamos o, sencillamente, la ignoramos. Vanhoozer califica jocosamente esta actitud de «adoctrinar» al texto en lugar de «comprenderlo». Es decir, aunque nuestra condición es la de meros lectores, nos situamos por encima de la Palabra de Dios y determinamos lo que ésta significa, en lugar de ponernos bajo la autoridad de esta palabra y, con diligencia, procurar entender lo que Dios quiere decirnos en ella.

Un peligro relacionado con éste es el de la familiaridad. Cuando estamos muy familiarizados con un pasaje, tendemos a pensar que sabemos todo lo hay que saber al respecto y somos proclives a pasar por él sin estudiarlo cuidadosamente. Es de esperar que en la Sección 1 hayamos entendido que la mayoría de los pasajes bíblicos encierran una gran profundidad. Es, por tanto, muy poco probable que lleguemos al fondo de ellos o que los entendamos de un modo exhaustivo en unas pocas y breves visitas. Cuando estamos familiarizados con un pasaje se genera en nosotros una comprensión previa. Cuando nos dirigimos de nuevo a textos que nos son familiares, hemos de resistirnos a la tentación de permitir que tal familiaridad dicte nuestras conclusiones antes de comenzar a estudiar el texto. Hemos de considerarlo de nuevo, para que nuestra comprensión previa no se transforme en el orgullo que hemos mencionado antes. Por otra parte, como hemos indicado en la Sección 1, si pasamos por alto el estudio serio del texto porque creemos que ya lo sabemos todo al respecto, solo veremos en la Biblia lo que ya vimos la última vez que pasamos por él. Cuando esto sucede, nuestro estudio se estanca y se vuelve aburrido y nuestro crecimiento y entendimiento devienen raquíticos.

Uno de los aspectos más poderosos, aunque sutiles, de la comprensión previa es el de la cultura. Nuestra teología nos lleva a preguntarnos, ¿qué haría Jesús en esta situación? Sin embargo, puede que nuestra cultura nos impulse a preguntarnos más bien, ¿qué haría Silvester Stallone? Sin duda, la cultura en la que estamos inmersos tiene una enorme influencia sobre el modo en que leemos e interpretamos la Biblia. Por ejemplo, aunque creemos que Jesús es nuestro Señor y Salvador, cuando nos pide que pongamos la otra mejilla, oímos en nosotros una voz que objeta. Poner la otra mejilla no se corresponde realmente con la forma de vida americana. No es lo que haría Stallone. Puede que volviera la mejilla una vez y que dejara que su adversario le diera un segundo golpe tan solo para demostrar su paciencia y control, no obstante es indudable que tras el segundo golpe haría trizas al malo (y todos nos alegraríamos). ¡Ninguno de nuestros héroes de acción son especialmente proclives a poner la otra mejilla!

Por tanto, cuando leemos este mandamiento de Jesús, inmediatamente intentamos interpretarlo de tal manera que no plantee un conflicto con nuestras normas culturales, en especial aquellas que establecen los héroes populares como Sylvester Stallone o Mel Gibson. A esta predisposición que genera la cultura en que vivimos la llamamos bagaje cultural. Imagínate que vas a emprender una larga caminata por el monte en un día caluroso. Es normal que te lleves unas buenas botas de montaña, una gorra, unas gafas de sol y una cantimplora. Pero qué ridículo sería que te llevaras tres o cuatro maletas. ¡Qué ridículo sería! ¿Te imaginas andar por las montañas con una maleta en cada mano? Si no vamos con cuidado, también nuestra cultura nos cargará innecesariamente en el viaje interpretativo y será un obstáculo para que descubramos y comprendamos el sentido de la Palabra de Dios para nosotros. La influencia de la cultura en que nos movemos es una fuerza que tiende a deformar el texto cuando lo leemos y que nos empuja a forzarlo para que encaje en nuestro mundo. O, como ilustra el relato de la Navidad en Etiopía que hemos considerado en la introducción, nuestra cultura actúa inconscientemente en nosotros llevándonos a rellenar los vacíos y detalles que no encontramos en el pasaje que estamos leyendo.

Una buena ilustración de la influencia subconsciente que tiene la cultura sobre nuestro entendimiento, la observamos cuando leemos el libro de Jonás e intentamos visualizar a Jonás en las entrañas del gran pez. Intenta imaginarte esta escena. ¿Qué ves? ¿Ves a Jonás apretujado en las estrecheces del estómago de una ballena, sin espacio entre las paredes del estómago? La mayoría de las personas no ven esta imagen. Lo que muchos ven es una imagen de Jonás dentro un estómago con forma circular, de unos dos a tres metros de diámetro, con un poco de agua en la parte inferior. Evidentemente, éste no es el verdadero aspecto del interior de una ballena (o de un pez).

¿Por qué, pues, lo visualizamos de este modo? ¿De dónde procede esta imagen? Sugerimos que proviene de la película (o del libro) de Pinocho. En esta película de Walt Disney una ballena se traga a Pinocho, el protagonista, y se nos muestra una escena en la que Pinocho está sentado dentro de la ballena (en una estancia de unos dos a tres metros de diámetro situada a un lado del cuerpo del animal, etc.). Esta película nos deja, pues, con la imagen subconsciente de una persona sentada en el interior de una ballena. Cuando leemos el episodio de la estancia de Jonás en la zona gástrica del pez, nuestra mente inicia la búsqueda en sus archivos de alguna imagen con la que visualizar el acontecimiento. En su rápido recorrido por los ficheros de la memoria, nuestra mente encuentra una imagen coincidente en el archivo «Pinocho», ésta es la que acude a nuestro pensamiento sin que nuestro consciente advierta de dónde procede la imagen en cuestión. ¡De manera inconsciente comenzamos a rellenar las lagunas descriptivas del relato de Jonás con una información procedente de una película de Hollywood! Y así, en nuestra lectura de la Biblia, nos encontramos bajo el influjo de nuestra cutura, sin ni siquiera darnos cuenta de lo que ha sucedido.

¿Pero, qué entendemos exactamente por cultura? Nuestra cultura es la combinación de nuestras herencias familiar y nacional. Su influjo se deja sentir por todas partes: en el desayuno con mamá, entre los niños de la clase en la escuela, en la televisión. Es una mezcla de lenguaje, costumbres, películas, literatura y hábitos nacionales. En el caso de los estadounidenses la cultura está formada por Big Macs, muñecas Barbie, Tiger Woods, y the Back Street Boys todo mezclado con George Washington, Babe Ruth, el Río Mississippi, WalMart, y los transbordadores espaciales. Puede, no obstante, ser un tanto distinta, incluso dentro de la misma ciudad. Si has crecido en una familia tradicional, obrera, católica y urbana, tu cultura diferirá en muchos sentidos de la de alguien que haya crecido en un hogar monoparental, de clase media y protestante, no obstante, aun así compartirás muchas de las mismas influencias culturales. Sin embargo, aun compartiendo ciertos rasgos culturales comunes, las culturas negra, blanca, asiática e hispana se diferencian de forma significativa, incluso dentro del mismo país. Al salir de los Estados Unidos, las diferencias de cultura estarán mucho más acentuadas.

Nuestro trasfondo familiar es también un elemento central de nuestra cultura. De la familia hemos heredado muchísimos valores, ideas, e imágenes (para bien y para mal). Por ejemplo, ¿cuáles son tus perspectivas acerca del dinero, el trabajo, los pobres, o los desempleados? Tus puntos de vista se han configurado, sin duda, bajo el influjo del marco socioeconómico de tu familia y de sus perspectivas. Si procedes de una familia de clase media alta, probablemente te acercarás a los textos bíblicos que aluden a los pobres desde un marco de referencia distinto que el de alguien que haya nacido y crecido en la pobreza de Nueva Delhi. No estamos diciendo que la lectura cultural desde Nueva Delhi sea automáticamente correcta mientras que la que se hace desde Dallas sea errónea. Los cristianos de ambos contextos han de ser conscientes de que su trasfondo familiar y el marco socioeconómico en que se mueven afecta al modo en que leen la Biblia.

La familia te proporciona también el marco de referencia más solido respecto a las relaciones humanas. Si eres tan afortunado como para crecer en una familia en la que experimentas el amor y cuidado de tus padres y hermanos, te será muy fácil trasladar la imaginería de esta experiencia a la del cuidado que Dios tiene de ti. Si has experimentado el amor de tu padre, por ejemplo, entonces la imagen bíblica de Dios como Padre amante te será fácil de entender. En este caso, la influencia cultural de tu trasfondo familiar te ayudará a entender la verdad bíblica acerca de Dios.

Pero, lamentablemente, no todo el mundo ha tenido un padre amante. Aquellos que han crecido con padres negligentes o abusivos estarán muy condicionados por tal experiencia cuando vayan a los textos bíblicos que hablan de Dios como Padre. Esto no significa que estas personas no puedan entender este aspecto de la verdad bíblica, pero sí que los tales tendrán que hacer un esfuerzo especial para vencer algunas de las imágenes negativas procedentes de su infancia. Es posible que otras imágenes de Dios y de su cuidado de nosotros les sean más fáciles de entender. Hay algo, sin embargo, que todos hemos de procurar si queremos entender la Palabra de Dios: es vital que reconozcamos la presencia de influencias culturales que actúan en nuestra mente y corazón, y que las identifiquemos.

Somos perfectamente conscientes de que, deliberadamente, ningún cristiano hace una lectura cultural errónea de la Biblia. Como se ha dicho anteriormente, todos nosotros tendemos inconscientemente a ser influenciados por nuestra cultura. A este traslado automático del texto bíblico a nuestra cultura se le llama «reflejo interpretativo». Es algo que hacemos de manera natural e inconsciente.

El reflejo interpretativo afecta a nuestra interpretación de dos formas. (1) Como hemos mencionado en el relato de la representación etíope de la Navidad, tendemos a rellenar todos los vacíos y ambigüedades que encontramos en los textos bíblicos con explicaciones y datos procedentes de nuestra cultura. (2) Más perjudicial para nuestra interpretación es el hecho de que nuestro trasfondo cultural nos lleva a crear un parámetro previo de posibilidades limitadas de los textos antes incluso de comenzar a pensar en lo que éstos significan. En esta situación, y debido a nuestra cultura, creamos inconscientemente un mundo de posibilidades e imposibilidades interpretativas. En otras palabras, nuestro escenario cultural nos impulsa a decidir los significados posibles e imposibles de un texto en concreto antes incluso de estudiarlo.

Pensemos de nuevo por un momento en el mandamiento de Jesús de poner la otra mejilla. Nuestro subconsciente se esfuerza en legitimar nuestra cosmovisión cultural, es decir, la manera en que funcionan las cosas en nuestra cultura. Por ello, antes incluso de iniciar la exploración de lo que Jesús quería decir cuando pronunció estas palabras, establecemos unos parámetros de posibilidad con respecto al texto y eliminamos posibles significados que plantearían un conflicto cultural. Tales palabras no pueden en modo alguno significar que si una persona mala te da una bofetada, has de permitir que te dé otra. No obstante, cuando hacemos esto estamos poniendo nuestra cultura por encima de la Biblia y leemos las Escrituras a través de las lentillas de nuestra civilización. De este modo, no tenemos en cuenta uno de los aspectos principales de la Biblia, a saber, que el mensaje bíblico procede de Dios y está por encima de cualquier cultura. El desafío está en aprender a evaluar nuestra cultura en vista de la Biblia y no viceversa.

En Romanos 13:1–7 encontramos un ejemplo muy evocador en este sentido; echemos pues un vistazo «cultural» a este pasaje. (Esta sección se dirige principalmente a los lectores estadounidenses; si no eres norteamericano, te ruego que seas paciente en esta sección. Intenta determinar una situación parecida en tu propia cultura.) Lee este pasaje con atención:

Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan; porque no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas. Por consiguiente, el que resiste a la autoridad, a lo ordenado por Dios se ha opuesto; y los que se han opuesto, sobre sí recibirán condenación. Porque los gobernantes no son motivo de temor para los de buena conducta, sino para el que hace el mal. ¿Deseas, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno y tendrás elogios de ella, pues es para ti un ministro de Dios para bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues ministro es de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo. Por tanto, es necesario someterse, no solo por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto también pagáis impuestos, porque los gobernantes son servidores de Dios, dedicados precisamente a esto. Pagad a todos lo que debáis; al que impuesto, impuesto; al que tributo, tributo; al que temor, temor; al que honor, honor.

Con este pasaje en mente, ¿habría sido erróneo participar en el famoso Boston Tea Party de 1773 para protestar por un nuevo impuesto sobre el té? Los «patriotas» estadounidenses de aquel tiempo arrojaron varias toneladas de té ajeno al Puerto de Boston. ¿Fue correcto este comportamiento desde un punto de vista cristiano? O supón que eres uno de los milicianos de la Guerra de la Independencia Americana en ruta entre las ciudades de Concord y Boston el día 19 de abril de 1775. ¿Debería un cristiano en tal caso apuntar, disparar y matar a los soldados que representaban al gobierno? ¿Acaso no plantea esto un conflicto en vista de Romanos 13? O quizá habría que proponer una pregunta de más calado: ¿Se inició la revolución americana en desobediencia a los principios de Romanos 13:1–7? Ten en cuenta que las razones de la revolución respondían más a cuestiones económicas que de libertad religiosa. Hay que recordar también que cuando Pablo escribió la Epístola a los Romanos, el gobierno de Roma era mucho más opresivo y tiránico de lo que nunca fue el que representaba el Rey Jorge III. ¿Qué piensas?

Quizá hemos hecho que alguno de vosotros se ponga furioso. Puede que nuestro desafío a la legitimidad de la gloriosa Revolución Americana te haya indignado. Perdónanos, por favor. Lo que nos concierne ahora no es lo que piensas acerca de nuestra revolución. Lo que esperamos que hayas notado es esa reacción emocional que probablemente se ha producido en tu interior ante una lectura bastante literal y normal de un texto bíblico. Si has reaccionado intensamente ante la interpretación de Romanos 13 que hemos planteado, deberías preguntarte, ¿Por qué he reaccionado de un modo tan intenso? Sugerimos que hemos tocado un nervio cultural muy sensible.

Observa que en el sistema educativo en que crecemos nunca se pone en cuestión la moralidad de la rebelión estadounidense contra Gran Bretaña. Se presenta siempre como algo maravilloso y glorioso: el epítome del patriotismo (que ha de ser bueno). Esta cuestión está estrechamente entretejida en nuestros corazones junto con la bandera, el béisbol, mamá y la tarta de manzana. Por ello se ha convertido en algo sagrado. El carácter «correcto» de este acontecimiento histórico lo ponemos por encima de cualquier crítica o desafío que pueda venir de la Biblia. Cualquier interpretación de Romanos 13 que podamos considerar legítima ha de cumplir con el requisito de ser respetuosa con la Revolución Americana. De este modo, situamos nuestra cultura por encima de la Biblia, y cerramos la mente a cualquier comprensión de las Escrituras que entre en conflicto con lo establecido en nuestra cultura.

Por supuesto, el asunto de la Revolución es bastante más complicado de lo que hemos planteado. Nuestro propósito no es criticarla, sino utilizarla de ilustración. Sin embargo, sí queremos que vosotros (los lectores estadounidenses) veáis que existen ciertas cosas americanas que ejercen una poderosa influencia subconsciente en el modo en que leemos e interpretamos la Biblia. Hemos de ser conscientes de estas influencias y de sus efectos sobre nuestro estudio del texto bíblico. Es importante que, al menos, estemos abiertos a la posibilidad de que Romanos 13 pueda estar en contra de la Revolución. Lo que queremos saber es lo que dice Dios (no nuestra cultura). Para determinar la respuesta hemos de considerar los detalles del texto y su marco histórico, no podemos dejarnos llevar por nuestra comprensión previa generada por la cultura en que vivimos.

Si iniciamos el análisis interpretativo de Romanos 13:1–7 con la conclusión preconcebida y preasumida de que este pasaje no puede estar en contra de la Revolución, estamos poniendo nuestra cultura por encima de la Biblia. ¡Sin embargo, el llamamiento de Jesús es más elevado! Somos ciudadanos de su reino y nos hemos comprometido a seguirle a Él y a sus enseñanzas. Jamás hemos de situar la lealtad a nuestro país o a nuestra cultura por encima de nuestra lealtad a Dios. Al margen de cuál sea tu opinión personal acerca de la Revolución Americana, esperamos que entiendas que hemos de poder poner sobre la mesa cualquier elemento de nuestra cultura estadounidense bajo el escrutinio de la Escritura. Nunca deberíamos permitir que nuestra cultura dicte el significado de la Palabra de Dios.

Estas son consideraciones bastante radicales y puede que sean un tanto difíciles de digerir de una vez. Somos conscientes de ello. Medita en estas cosas. Habla con cristianos de distintas culturas y considera su perspectiva.

Ni la comprensión previa ni la cultura son inherentemente perniciosas, no obstante, a menudo pueden deformar nuestra comprensión de la Biblia, lo cual puede ponernos en la pista de una interpretación errónea. No se trata de abandonar nuestra comprensión previa, desechando como nocivos todos nuestros anteriores encuentros con el texto. Lo que sí es importante es que nuestra comprensión previa sea sometida al texto, poniéndola por debajo, no por encima de él. Hemos de aprender a identificar nuestra comprensión previa y estar abiertos a cambiarla, si es necesario, tras un estudio serio y concienzudo del texto. Es decir, después de estudiar minuciosamente el texto, hemos de evaluar nuestra comprensión previa y modificarla en vista de las conclusiones de nuestro estudio.

Presuposiciones

No obstante, todo lo que hemos dicho acerca de la comprensión previa no significa que hayamos de leer e interpretar la Biblia de un modo totalmente neutral, sin tener ningún presupuesto, como por ejemplo la fe. Alcanzar la objetividad total es algo imposible, no importa quién sea el lector o cuál sea el texto. Por otra parte, tampoco es nuestra meta. La búsqueda de la objetividad en la interpretación bíblica no implica el abandono de la fe o la adopción de los métodos que utilizan los no creyentes. Los intentos de leer la Biblia aparte de la fe no conducen a la objetividad.

En nuestra definición tratamos la comprensión previa y la presuposición como dos conceptos diferenciados a los que nos acercamos de dos formas bastante distintas. Nuestra comprensión previa está abierta a cambios cada vez que estudiamos un pasaje. La sometemos al texto e interactuamos con ella, la evaluamos en vista de nuestro estudio y es de esperar que vaya mejorando progresivamente. Por el contrario, las presuposiciones no cambian cada vez que leemos o estudiamos un pasaje. Éstas no tienen que ver con textos en particular sino con el punto de vista general que tenemos de la Biblia.

Como cristianos servimos al Señor y tenemos al Espíritu Santo habitando en nosotros. La relación que tenemos con Dios está condicionada vitalmente por la comunicación que tenemos con Él por la lectura de su Palabra. Esta relación nos impacta en gran manera a medida que interpretamos el texto y, a diferencia de lo que sucede con la comprensión previa, esta relación no podemos renegociarla cada vez que leemos la Palabra. Es más bien algo de lo que hemos de servirnos. En el capítulo 12, «El papel del Espíritu Santo», exploraremos la interacción del Espíritu Santo con nuestro entendimiento de un modo más detallado. Pero, por ahora, es importante observar que como cristianos tenemos varias presuposiciones acerca de la Biblia que surgen de nuestra relación con Cristo y que no podemos dejar de lado cada vez que abordamos un pasaje, como sí lo hacemos con nuestra comprensión previa.

A continuación, enumeramos varias presuposiciones acerca de las Escrituras que los cristianos evangélicos generalmente sostienen:

1. La Biblia es la Palabra de Dios. Aunque para hacérnosla llegar Dios utilizó a personas, ésta es, no obstante, inspirada por el Espíritu Santo y Palabra de Dios para nosotros.

2. La Biblia es verdadera y completamente digna de confianza.

3. Dios ha entrado en la historia humana; por ello lo sobrenatural (milagros, etc.) existe.

4. La Biblia no se contradice; es una unidad y, sin embargo, diversa. No obstante, Dios trasciende más allá de nuestra humanidad y, por tanto, su Palabra no siempre es fácil de entender; en ella hay también tensión y misterio.

Podrían quizá añadirse otras presuposiciones, pero éstas son las más importantes que han de mencionarse en este capítulo. Estas presuposiciones tienen que ver con nuestra percepción de la Biblia como un todo y sirven de fundamento sobre el que construir nuestro método de estudio.

Conclusión: ¿podemos ser objetivos?

Muchos autores han afirmado que, en materia de interpretación, la objetividad total es imposible, y nosotros reconocemos la veracidad de esta afirmación. No obstante, nuestra meta no es alcanzar esta clase de objetividad. Como cristianos que tenemos una relación íntima con Dios por medio de Jesucristo, nuestro objetivo no es conseguir puntos de vista neutrales y objetivos. En nuestro estudio del texto no pretendemos ser historiadores seculares (tampoco ellos son objetivos). Lo que queremos es oír lo que Dios quiere decirnos. Por ello, nos acercamos al texto con fe y en el Espíritu (ver el capítulo 12). De modo que buscamos la objetividad dentro del marco de referencia de las presuposiciones evangélicas, como las que antes hemos enumerado. Este tipo de objetividad pretende impedir que nuestra comprensión previa, nuestra cultura, nuestra familiaridad, o nuestra pereza oscurezcan el significado que Dios le ha dado al texto.

Esta tarea puede ser también desafiante; no obstante, ésta es precisamente la labor que asume Entendiendo la Palabra de Dios. Cada capítulo de este libro desarrolla algún aspecto que sirve para corregir nuestra comprensión previa o para neutralizar las influencias culturales negativas que afectan a nuestra comprensión del texto. Las herramientas de observación que hemos tratado en la Sección 1 nos ayudarán a ser objetivos. El método de lectura concienzuda que se plantea en esos capítulos requiere que en nuestra búsqueda de detalles sometamos al texto nuestra comprensión previa. El mero hecho de descubrir los detalles del texto con frecuencia, corrige muchas de nuestras concepciones previas y malinterpretaciones culturales.

En la Sección 2 se da relevancia al contexto puesto que un estudio adecuado de este elemento ayuda a clarificar el significado real y corrige nuestras ideas preconcebidas al respecto. El próximo capítulo, «el Contexto histórico y cultural», nos ayudará sin duda a rellenar los vacíos y los datos del trasfondo de los pasajes bíblicos con la correcta información cultural e histórica. La Sección 3 desarrolla el asunto del significado y su origen. En ella, se nos estimulará a buscar persistentemente para descubrir el significado que Dios le ha dado al texto en lugar de querer darle nosotros un sentido nuevo, poniéndonos con arrogancia por encima de él. Por último, en las Secciones 4 y 5 consideraremos los distintos tipos de literatura que encontramos en la Biblia. Una clara comprensión de los distintos géneros literarios nos ayudará en gran manera a evitar la extrapolación de las normas literarias y culturales contemporáneas a los antiguos textos de la Biblia.

En este capítulo nos hemos limitado meramente a perfilar los problemas que, como lectores, llevamos al texto (bagaje cultural y concepciones previas con las que hemos de tratar antes de entrar en el pasaje). La solución de este problema está en el propio recorrido interpretativo. Esperamos que encuentres gratificante este recorrido. ¡Por nuestra parte no dudamos ni por un momento que merece la pena todo el trabajo y esfuerzo que demanda recorrer los capítulos siguientes!

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