EL CRISTIANO Y LOS VIDEOJUEGOS

Es pecado jugar videojuegos

Desde los juegos más complicados hasta el solitario en su teléfono celular, los videojuegos se llevan su tiempo.

Mucho de lo que pueda decirse acerca de los vídeojuegos en este sentido también podría ser aplicado a otros aspectos del entretenimiento electrónico – como el blogging, observar televisión, y navegar por la Internet.

Cuando grandes cantidades de tiempo diarios se dedican a estas actividades, de hecho significa que gran parte de la vida está siendo desaprovechada.

Referente a la televisión en particular, John Piper dice esto: “Nadie desearía decirle alguna vez al Señor del universo cinco minutos después de la muerte: pasé todas las noches jugando a los videojuegos y viendo por completo la televisión con mi familia porque los amé tanto. . . . La televisión es uno de los máximos desperdicios de la vida en la época moderna” (No Desperdicies Tu Vida, 119-120). Lo mismo podría decirse acerca de los vídeojuegos.

Debido a su complejidad computarizada, hoy los juegos de vídeo a menudo requieren días o semanas para dominarse y ganar.

Un juego que sólo cuesta cuarenta o cincuenta dólares a la compra realmente puede costar centenares de horas en tiempo desperdiciado.

En muchos juegos, el personaje del jugador se desarrolla al ir avanzando a través de la historia virtual, haciéndose más experto y mejor equipado. Incluso, los jugadores mismos solo ganan poco más que síntomas del túnel del carpo y de otra manera un conocimiento inútil de armamento ficticio.

El tiempo invertido en tales búsquedas se pierde, y no puede ser reutilizado para cosas que son de importancia.

Las horas que podrían ser gastadas trabajando, orando, leyendo, prestando servicio, teniendo comunión, evangelización, o simplemente pensando en Dios, en lugar de eso son desaprovechadas en actividades que no tienen un valor duradero.

La Palabra de Dios nos enseña que el tiempo es valioso (Sal. 90:12; Cf. 39:4–5). Usarlo sabiamente es un asunto de buena mayordomía. No debemos olvidarnos de que nuestras vidas no son nuestras, le pertenecemos a Cristo (1 Cor. 6:20). Cuando perdemos el tiempo consistentemente, unas cuantas horas cada día, desperdiciamos las mismas vidas que hemos dedicado a Cristo.

Uno de los temas centrales del libro de Efesios es el “andar” del creyente. Es una metáfora que el apóstol Pablo utiliza para representar la vida. Los creyentes deben andar en buenas obras (Efes. 2:10), en amor (5:1–5), en santidad (5:6–13), y en una manera consistente con su llamado (4:1–16). También debe andar en uno manera útil y sabia.

Pablo escribe esto: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.” (Efes 5:15–17). El punto de Pablo aquí no se trata estrictamente de acerca del manejo del tiempo (en términos de una mejor planificación), sino del manejo de la vida (en términos de aprovechar bien cada oportunidad para honrar, servir, y adorar a Dios).

El que camina sabiamente mirará su tiempo limitado en esta vida a la luz de la eternidad, aprovechando cada oportunidad para traer gloria a Dios.

Autor: Austin Duncan.

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