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LA HISTORIA DE PERPETUA UNA MUJER MÁRTIR

LA HISTORIA DE PERPETUA Y FELICITAS

Tenemos poca información de lo que llevó a Perpetua a la fe en Cristo, o cuánto tiempo había sido cristiana, o cómo vivió su vida cristiana. Pero gracias a su diario y al de otro prisionero junto con ella, tenemos una idea de sus últimos días, una experiencia que impresionó tanto al reconocido obispo de Hipona, San Agustín, que predicó cuatro sermones sobre su muerte.

Perpetua pertenecía a una rica e influyente familia cartaginesa (en el Túnez moderno) que se había iniciado en la religión Cristiana por medio de un diácono, llamado Sáturo. Con ella se convirtieron también sus esclavos: Felícitas, Revocato, Saturnino y Segundo.

En este momento, el norte de África era el centro de una vibrante comunidad cristiana. No es sorprendente, entonces, que cuando el emperador Septimio Severo decidió paralizar el Cristianismo (él creía que socavaba el patriotismo romano), centró su atención en el norte de África.

Entre los primeros en ser arrestados se encontraban cinco nuevos cristianos que tomaban clases para prepararse para el bautismo, uno de las cuales era Perpetua. Su padre inmediatamente acudió a ella en prisión. Era pagano, y vio una manera fácil para que Perpetua salvase su vida: él le suplicó que simplemente negara que ella era cristiana.

– “Padre, ¿ves este jarrón aquí?” ella respondió.
– “¿Podría llamarse por otro nombre que no sea el que es?”
– “No”, él respondió.
– “Bueno, tampoco puedo ser llamada por otra cosa que no sea lo que soy, una Cristiana”.

En los días siguientes, Perpetua fue trasladada a una mejor parte de la prisión y se le permitió amamantar a su hijo: tenía sólo 22 años y recién se había convertido en madre cuando fue encarcelada. Felícitas, su amada esclava, en los arrestos llevado a cabo por los oficiales en los próximos días, sería encarcelada juntamente con su señora: estaba embarazada durante su encarcelamiento. Con su audición acercándose, el padre de Perpetua la visitó nuevamente, esta vez, suplicando con más pasión:

– “Ten piedad de mi cabeza gris. Ten piedad de mí, tu padre, si merezco ser llamado tu padre, si te he favorecido por encima de todos tus hermanos, si te he criado para llegar a la plenitud de tu vida”.

Se arrojó delante de ella y le besó las manos.

– “No me abandones para ser el reproche de los hombres. Piensa en tus hermanos; piensa en tu madre y tu tía; piensa en tu hijo, que no podrá vivir una vez que te hayas ido. ¡Renuncia a tu orgullo!”

Perpetua fue conmovida, pero permaneció inquebrantable. Ella trató de consolar a su padre:

– “Todo lo qué sucederá en la sala de audiencias será como DIOS quiera padre, ya que puedes estar seguro de que no estamos solos, sino que estamos en su poder”.

Pero él salió de la prisión abatido. Llegado el día de la audiencia, Perpetua y sus amigos fueron llevados ante el gobernador local, Hilariano. Los amigos de Perpetua fueron interrogados primero, y cada uno a su vez admitió ser cristiano, negándose a hacer el sacrificio al emperador (la manera que se les ofrecía a los cristianos renunciar a su fe Cristiana y adorar al emperador y el panteón de los dioses paganos).

Luego el gobernador se volvió para interrogar a Perpetua. En ese momento, su padre, que llevaba al hijo de Perpetua en sus brazos, irrumpió en la habitación. Agarró a Perpetua y suplicó:

– “Realiza el sacrificio. ¡Apiádate de tu bebé!”

Hilariano, probablemente deseando evitar lo desagradable de ejecutar a una madre que todavía amamantaba a un niño, agregó:

– “Ten piedad de la cabeza gris de tu padre; ten piedad de tu pequeño hijo. Ofrece el sacrificio por el bienestar del emperador”.
– “No lo haré”, con calma respondió Perpetua.
– “¿Eres cristiana entonces?” preguntó el gobernador.
– “Sí, Yo lo soy”, respondió Perpetua.

Su padre volvió a interrumpir, rogándole que hiciera el sacrifico, pero la paciencia de Hilariano ya se había agotado: ordenó a los soldados que lo golpearan en silencio. Luego condenó a Perpetua y sus amigos a morir en el anfiteatro.

Perpetua, sus amigos y su esclava amada, Felícitas, fueron vestidos en túnicas con cinturón. Cuando entraron al estadio, bestias salvajes y gladiadores deambulaban por el piso de la arena, y en las gradas, las multitudes rugían por ver sangre. No tuvieron que esperar mucho.

Inmediatamente una novilla salvaje cargó contra el grupo. Perpetua fue arrojada al aire y calló boca arriba al suelo. Se sentó, tranquilamente se ajustó la túnica rasgada para cubrir su desnudez y se acercó para ayudar y consolar a Felícitas.

Luego se soltó un leopardo, y no pasó mucho tiempo antes de que las túnicas de los cristianos en el anfiteatro se mancharan de sangre … Sin embargo, Perpetua y Felícitas aún estaban con vida.

La audiencia impaciente comenzó a pedir la muerte de las cristianas. Mientras uno de los gladiadores se acercaba hacia ellas, Perpetua le dio un beso a su amada esclava; al llegar el gladiador donde estaban sentadas, tomó a Felicitas y la decapitó para la satisfacción de la audiencia.

Era el turno de Perpetua, pero su verdugo estaba muy nervioso, errando en el primer golpe que dio contra ella, causando un grito en ella. Ensangrentada, se levantó, y ella misma tendió el cuello para el segundo golpe, casi como diciéndole a su verdugo: “aquí hijo mío, no falles esta vez, que quiero estar con mi Señor”.

Autor: Joshua Enior Jiménez.

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